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La soledad es más aterradora que la oscuridad. O quizás ambas eran temidas, pues de igual manera podían conducirte a la locura. Llevarnos al desdoblamiento de la realidad, en un punto tan torcido y errante, que acabarías olvidando quién eres. Rostros lugares y detalles, desvaneciéndose poco a poco, hasta perdernos, en una nada brumosa en nuestro interior.

¿Qué es la oscuridad?_ Nos preguntamos entonces, con el mismo desconcierto, y la misma avidez de quien conoce acerca de muchas cosas, y a la vez ignora otras tantas. Del mismo modo que él llevaba preguntándose lo mismo, se lo había preguntado hacia varios siglos atrás, y se lo seguía preguntando ahora:

La pregunta resuena en su cabeza, mientras camina por el ajetreo de la calle. Londres es una ciudad bulliciosa. Para algunos encierra majestuosidad, para otros no es más que un agujero sucio, inmundo y lleno de gusanos. En medio de todo el ajetreo provocado por el ir y venir de los transeúntes por esas avenidas, por donde también circulaban autos, los tradicionales buses de brillante color rojo. Así como las cabinas de teléfono, y las farolas de un negro intenso encendidas con una cálida luz dorada ocupaban las calles.

La luz arroja extraños matices, como reflejos en las aceras a lo largo de las calles, mientras el sol se va hundiendo en un horizonte de color rojo rubí.

Las horas avanzan, y con la calma se va apoderando del ambiente, calles, avenidas, parques cementerios, y callejones. Su tranquila atmosfera esta solo precedida, por el rugir de un viento frio sobre los aboles desnudos, el crujir de la hojarasca al arrastrase por el suelo. El correteo de una ardilla, el maullido de un gato, el ulular de un búho, con sus enormes ojos fijos como pequeños soles.

La más pura y fina estampa de la calma, enmarcada en un ambiente hostil.

Sin embargo todo esto no era más que una pantalla. Falsa tranquilidad, palabras vanas que te dices a ti mismo, cuando tienes que cruzar una calle solitaria, en una noche muy oscura. No hay nada que temer, intentas decirte mientras caminas, ¡son solo imaginaciones mías! Percibes un rumor de movimiento, incluso te parece haber visto una sombra.

El miedo pugna por salirse de ti y termina por tomar el control, tu temperatura corporal desciende varios grados. El martilleo de tu corazón, se escucha claramente amplificado en medio de ese silencio. El rápido y rítmico latido se vuelve insoportable, perturbador como en aquel cuento de Poe que leíste recientemente.

Te quedas un rato escuchándolo, y es tan fuerte e intenso que una parte de ti, acarrea el pensamiento, de que aquel latir furioso terminara por delatar tu posición. Entonces es cuando echas a correr.

Aquella muchacha, se aleja a paso rápido, pero respirando con dificultad. Gira un par de veces, pues un extraño cosquilleo lee atraviesa la espalda, dándole la sensación de que hay algo que la observa, detrás de ella en la soledad y el silencio, de la avenida. No sabía cómo explicarlo, pero daba miedo, y destilaba una poderosa sensación omnisciente, parecía provenir de todos lados y a la vez de ningún sitio, y parecía conocer sus movimientos.

Aquejada por una desesperada necesidad de esconderse, la joven se interna en un callejón, oscuro a pocos metros de una calle iluminada. Si pasaba corriendo, se sentiría más tranquila, una vez atravesado aquel espacio reducido entre dos paredes, estaría protegida por la luz y el calor, y así podría tranquilizarse.

Comienza a caminar con decisión, tratado de enfocarse, su decisión es tan prudente como estúpida, pero sigue adelante con entereza. Algo le hace tropezarse.

_ Mierda_ se queja en un susurro, sin saber porque habla, voz baja, nunca había sido discreta. Quizá necesitaba actuar de manera bulliciosa para librarse del miedo. Un miedo, totalmente estúpido y sin sentido se dijo, pero no sonaba muy convencida. Se levantó al tiempo que un Súbito movimiento hizo, que desde su garganta aterrada se abriera camino un grito…

… Un grito de asco, pues no era más que una rata hurgando entre la basura, enseguida se acallo sintiéndose avergonzada y patética. Luego de haberse levantado alzo una mano para sacudirse la ropa. En ese instante, le sobrevino de nuevo la sensación de omnipresencia, esta vez con renovada intensidad, en comparación con la vez anterior.

Tienes una muñeca muy bonita ¿Qué pasaría si la torciera?

Aquella voz cínica y aterradora, le exigía una respuesta dentro de su cabeza, su boca se deformo en una mueca de terror, que se convirtió en un gemido, al sentir una presión férrea y un dolor punzante en la mencionada parte de su anatomía. Sintió su espalda impactar contra la pared del callejón. Comenzó a hiperventilar, al tiempo que sus pupilas se dilataban, para adaptarse a la falta de luz.

Y fue entonces que lo vio:

Vio el resplandor del cuchillo, en un segundo fugaz antes de que se clavara en su estómago. Sintió la sangre caliente manar de su piel, el sudor discurrir en su cara, un grito mudo que se queda en sus entrañas fluyendo junto al dolor agudo.

Dolor, sudor y sangre.

Pero aún más sobrecogedor, que morir apuñalada, fue el rostro que se materializo, ante ella, emergió repentinamente de la noche para situarse en su campo de visión, reflejándose en su mirada vidriosa. El rostro, que había surgido desde el interior de una capucha negra como la noche era pálido y torturado.

Sus facciones finas, y muy bien esculpidas, guardaban en si un matiz desconocido y enigmático. Pero si miras más de cerca, solo puedes ver dolor, dolor, añoranza, ausencia nostalgia, tristeza y melancolía. Todo eso, en aquel rostro hermoso bajo un velo de misterio.

Y su mirada, su mirada hipnotizarte, que se apodero de ella, atrapándola en aquel instante, no estaba viva, no estaba muerta. ¿Se encontraba en el limbo acaso?

El toco su cara, haciendo físico aquel poder que ejercía sobre ella. Su mano proporcionada y fría acariciaba su cara. Al tiempo que tomaba su rostro, con ímpetu descarnado, y pegara su boca a los labios virginales de aquella incauta muchacha.

El "beso", por llamarlo de alguna forma, fue ávido y poderoso encerraba más que un simple gesto, en él se intercambiaba más que saliva, otro tipo de fluido, el depredador dominando por completo a su presa. Que sintió, su sangre en su punto más caliente, si era eso posible manchar su vientre. Mientras que sus venas eran como serpientes vivas escupiendo veneno.

Fue apartada con brusquedad, mientras, aquel demonio de apariencia humana asaltaba su cuello. Un último instante de placer viajando desbocadamente en su interior, y luego negrura infranqueable.

Una vez que la hubo apartado de él, como el contenedor vacío que era aquella masa sanguinolenta, se dedicó a rematar el trabajo con el cuchillo, para que la policía lo tomara como un asesinato normal. Algo bastante curioso, porque él no era un asesino normal, y estaba lejos de serlo.

Era algo más, algo que venía de una época remota, donde las creencias absurdas y veraces eran separadas por una línea difusa. Y él era llamado por muchos nombres:

Demonio, vampiro, Incubo.

Mientras se encargaba de limpiar su rastro, su vista se desdibujo, enfocándose solo en negro y rojo. Entonces la pregunta volvió a su mente.

¿Que era la oscuridad?

Su nombre real era Vincent, Vincent a secas pues no había tenido nada parecido a un padre. Todo parece indicar, que llegue a este mundo con el crepúsculo otoñal, una tarde de Octubre 1872. Fue acogido por las monjas del orfanato de Whitechapel. Ellas me criaron de buena forma, aunque dura bajo un estricto régimen de disciplina y trabajo.

Había crecido en un mundo diferente, más rígido, más severo, más auténtico más natural y más austero. Siempre fue lo que se dice rebelde, en 1888, con dieciséis años, fumaba, y era bastante introvertido, esas circunstancias en conjunto con la desaprobación de sus mentoras lo hizo huir del orfanato.

Desde entonces, se dedicaba a vagar de día y de noche, bajo aquel cielo victoriano, que se cernía, sobre la ciudad de Londres. No era más que un bribón, un ladronzuelo mediocre, que robaba para emborracharse y frecuentar la bebida, de taberna en taberna.

Noches de rojo exceso, donde conoció a aquella muchacha, de rostro angelical, cabello hecho de oro, que haría que los ojos de Rumpelstinski, el duende brillaran de codicia. Unos ojos azules tan puros, que harían que cualquier diamante, zafiro o piedra similar, parecerían deslucido y vulgar, como cristal de roca.

Por unas cuantas monedas, ella le quito su inocencia, y lo convirtió en un hombre. Luego de haber conocido el placer en brazos de aquella mujer, a su corazón lo ataco una pasión, salvaje y arrebatadora, que lo dejaba fuera de sí.

A pesar de que no podía, contratar siempre sus servicios, a Vincent, le gustaba observarla, en ocasiones, incluso la acechaba, siguiéndola fuera del bar hasta que entraba en casa.

En eso estaba, en una noche cualquiera, cuando de repente es consciente de que la ha perdido de vista, por un momento. Emma, así se llamaba la chica, había tomado un atajo aquella noche, para llegar con más prontitud a East End.

Mientras se detiene, para verificar el rumbo. Oye la voz de un hombre, una voz llena de rabia que rezuma odio. Y los callados susurros de una mujer pidiendo piedad, gritos golpes y forcejeos.

El llego demasiado tarde, solo vislumbro, la atónita mirada de Emma, antes de caer Al suelo, con una herida sangrante en el vientre.

- ¡Nooooooooo!

Aquel grito lo entregaba por completo al hombre que había matado a su amada, pues enseguida se volvió hacia él, con una expresión totalmente fría y calculadora.

Vestido con un abrigo largo y un sombrero, el hombre que pasaría a ser conocido como Jack, el destripador, uno de los asesinos psicópatas, más renombrados, por su predilección a llevarse la vida, de las prostitutas de Londres. Mujeres que ejercían, un oficio, tan sucio como antiguo.

Jack, se ocupó de Vincent, lo hizo de con una tranquilidad casi rutinaria además de calculadora. El muchacho era un testigo, que debía silenciar, y como estaba, en shock por la muerte de la mujerzuela no opuso resistencia alguna. Mientras el deslizaba el cuchillo, con placer sádico, por su piel, abriendo heridas en aquel cuerpo pecador, que seguramente ya estaba contaminado, infecto de las enfermedades del demonio que provenían del cuerpo de aquellas mujeres…

Él creía que purificaba al mundo, pero lo cierto era que ya estaba condenado al infierno. Pero, para su mente trastornada, él hacía lo correcto al limpiar esa inmunda escoria, esos diablos en forma de mujer. No solo hacía lo correcto, sino que todo aquel macabro acto de redención y pureza solo tenía dos sencillos pasos.

Herir, herir hasta dejar inconsciente a la víctima, y luego acabar con el cuerpo.

Pese a lo infalible, de ese modos operandi, Vincent despertó horas después, sano y salvo, sin rastro de sus heridas laceradas. Al principio pensó que eso era la muerte la condena eterna, porque aunque no sentía ningún dolor, era aquejado por una quemazón horrible en la garganta.

Se había arrastrado, y terminado lamiendo los restos de sangre entre los adoquines, para luego, hallarse desconcertado, ante tal acción antinatural. Por días viajo confuso, tan lleno de dudas, como de aquel ardor ponzoñoso. Que después de mucho luchar lo obliga a ceder, y a beberse la vida de una joven virgen, de manera voraz y despiadada.

La inmortalidad, no está lejos de ser la condena eterna, pues una existencia, sustentada, con el sacrificio de vidas ajenas, que han derramado su sangre, para alimentar a un ser sin alma como el, termina siendo una existencia maldita y llena de culpas.

Pues es después de derramar la sangre de esta y otras épocas, que Vincent, puede responder a la pregunta que por años atormento su mente...

¿Qué es la oscuridad?

Es la sombra bajo la cual se apagan lo que fueron llamaradas de una vida limpia y libre de culpa. Es la fría muerte de la humanidad y los sentimientos, sofocados por una existencia maldita, es la luz manchada, corrompida y ahogada, en un corazón que deja de latir, es último instante de vida, antes de dejar de ser un mortal.

Antes de ser un no-muerto.